sábado, 13 de febrero de 2016

La barrera

Compartimos con Ustedes otro relato de Don Claudio Buffevant, publicado en el libro "El Berazategui que viví II", editado por la Asociación Orígenes de Berazategui

La barrera

Cuando en 1872, se inauguró la Estación de Berazategui, fue obligado trámite la colocación de una barrera a unos 100 metros y allí me instalaron. La calle era de tierra, a treinta metros estaba la casa del tambo de Don Pedro Bassaber, y su hija Margarita; con una hermana, me cruzaban para ir por la vía a la escuela que estaba en San Francisco, las acompañaba un ñandú que siempre volvía solo.

Fui testigo de todos los acontecimientos que marcaron la transición, primero aldea, luego pueblo y después ciudad.

Un día me cruzaban carretas, eran las últimas. De a poco fui conociendo a todos los cocheros de la estación. Recuerdo que por aquel tiempo y dos veces al año, el tropero Don José Barragán, con un buen caballo, unos perros ovejeros y un peoncito, me cruzaban llevando el gauchaje de cientos de terneros del tambo de Don Bassaber.

No fui ajeno al imprevisto espectáculo que significó la nieve, un sábado, el 22 de junio de 1918, nos tomó de sorpresa a todo el pueblo. Por el contrario, algo que no me llamaba la atención, era sentir los petardos que anticipaban el paso del tren en las mañanas o noches de niebla. Así eran de precarios los medios de comunicación.

Don Manuel Alonso, trabajaba de capataz en una red de la pesquería de la costa. Lo veía pasar seguido con un carretón sabalero, lleno de leña para su casa.

Todos los días me cruzaban los primeros tamberos que se dirigían a la Estación llevando seiscientos tarros de leche, cuyo destino era Buenos Aires. En 1929 la novedad llegó hasta mi, ¡El asfalto!

Fue motivo de mi curiosidad el primer camión que transportaba verdura. Era de Don Juan Porfiri y su destino el mercado de Abasto.

Para mi no todo era alegría, un día fui testigo y presencié la muerte del vecino Benavente, por la policía, por cosas del momento.

Había días en que recibía una compañía insólita, chivas que un vecino criaba y que venían a comer el pasto que crecía a orillas de las vías. También cruzaban y me divertían los paveros arriando los pavos, que eran vendidos para las fiestas de diciembre.

Aquellos carros cargados con mimbre, que con tanta carga, casi me rozaban por su altura al cruzar.
Era mucha la gente que pasaba para comprar manzanas baratas que vendían en vagones que llegaban de Río Negro y se estacionaban cerca mío.

Vi caer en 1932, una lluvia de cenizas cubriendo las vías, las calles y casas, formando una capa de considerable espesor que procedía de un volcán chileno.

Mi compañía natural era el Sr. Doves que estaba a cargo de la garita. Tenía señora e hijos. Costeando las vías plantaba verdura y flores: los junquillos que por muchos años vi salir y florecer, eran los bulbos enterrados que seguían saliendo. En el 37, me levantaba y bajaba canturreando unmuchacho que le decían el Tanito. con el tiempo fue el Tano Alberto Marino.

En 1938 vi por primera vez pasar la barrera al colectivo Nro 1, el Blanquito. Aunque no me cruzaba en 1944, el 12 de octubre fue la parada del Expreso Ranelagh, el punto de partida del recorrido.

Me fui acostumbrando a hechos sorprendentes, como ver a tres o cuatro caballos esperando que me elevara para pasar, eran de Ranelagh y los traían a herrar o desvasar a lo de Valentín Herrero y si no venían a buscarlos, los largaban.

Quiero expresar todas mis experiencias, de allí los saltos en el tiempo, pero hay algunos insoslayables.

Corría el año 1960 y ante mi sorpresa me cruzó una caravana de autos, camiones, bicicletas, con bulliciosa muchachada y ciudadanos de todas las edades con  banderas. Los guiaba una ilusión, concretar el  de autonomía de Berazategui. El viaje no fue en vano, al poco tiempo, me convertí en la barrera de la calle 14 de la ciudad de Berazategui.

En mí, terminaban los corsos y con ellos las parejas que habían comenzado a tratarse, combinaban sus próximos encuentros. ¡Hoy serán abuelos! Es posible que el organillero con su cotorrita les hablara de su suerte. También me llegaba la algarabía de los días patrios que se festejaban con gran júbilo y a los que adhería todo el pueblo.
Siempre fue una vida entretenida y no siempre agradable, Pero fui testigo de todos, todos los acontecimientos, buenos y malos. En tiempos en que los médicos salían de noche, en crudas noches de invierno, después de pasar el tren, me levantaba y solía darse que el coche que estaba esperando, no pasara, el que estaba al volante se había quedado dormido y el profesional dormido podía ser el Dr. Mario Di Yorio, Federico Torres o el Dr. Juan Greco.

Mi vida era plena de estampas. Como en un tango. No faltaban el farol, la niebla, los cocheros, los canillitas, la ronda del vigilante, tierra y asfalto, las chicas con su vestido de percal.

¡Sí, todo era como un tango!


domingo, 13 de diciembre de 2015

Los camalotes

Compartimos con Ustedes otro relato de Don Claudio Buffevant, titulado "Los camalotes", y publicado en "El Berazategui que viví I", editado por la Asociación Orígenes de Berazategui.


Los camalotes

Cuando crece mucho el río Paraná, entran en el Río de la Plata, grandes cantidades de camalotes, llegan casi hasta la Bahía de Sanborombón. Un día en la década del 30, el río parecía un bañado por la gran cantidad de camalotes; los había grandes y chicos, pero todos unidos. 



En uno vino un lagarto como de un metro y medio de largo. Lo cazaron los pescadores y lo llevaron a la pesquería de Rolando. Lo pusieron en un tacho que se usaba para cocinar pescados, y allí estuvo en exhibición mucho tiempo. En otro camalote vino un monito, todo eso era gracioso, pero lo peligroso eran las víboras yarará, que también venían. Un día mi tío arreaba las vacas en el bañado entre la paja brava, y el caballo pisó una, casi lo pica. Las víboras generalmente son mansas, si no son molestadas no pican. En la costa y en el bañado de Berazategui, rara vez se ve alguna, únicamente por esas circunstancias, cuando bajan del Paraná.


Una vez quedó varado en la costa un camalote como de dos hectáreas, parecía un pedazo de isla que se había desprendido. A los caballos no los podían hacer arrimar, se asustaban, no por lo que veían, sino por el olor que despedían los animales y reptiles que habían estado sobre él. Los caballos sienten el mismo temor cuando pasan frente a un circo con animales salvajes.



sábado, 21 de noviembre de 2015

Los nutrieros

Compartimos con Ustedes otro relato de Don Claudio Buffevant titulado "Los nutrieros", publicado en su libro "El Berazategui que viví I", editado por la Asociación Orígenes de Berazategui.

Los nutrieros

Las vacaciones, del 41, fui a pasarlas a la costa de Pereyra, donde mi tío era encargado de la pesquera. Allí conocí a los hermanos Gamarra. Mayores que yo unos cuantos años, eran "yuyeros" y "bicheros". Venían de Villa Elisa.
Mi tío les había dado permiso para "nutriar". Los doce meses del año vivían de lo que le daba la costa y el bañado. En los meses de pleno invierno eran nutrieros, cuando vale más el cuero. Los demás meses del año los repartían en juntar yuyos en la orilla del arroyo El Marinero, donde había mucha cola de caballo, zarzaparrilla, lucera, anacaguita, sarandí blanco y otros. En tiempo de las ranas, se convertían en "raneros" y también cazaban burritos del bañado, que es un pájaro muy bonito que vive en la paja brava; también eran muy baqueanos para cazar pichones de tero, y los vendían a las pajarerías. Además cazaban sapos para vender a los farmacéuticos. Los empleaban para hacer la reacción de embarazo de las señoras de esa época.

Cuando soplaba viento norte, recorrían la costa desde Boca cerrada a Hudson, buscando madera, porque con ese viento salía mucha. Allí me enseñaron la ley de los costeros: cuando hay madera parada o puesta en cruz ya tiene dueño y hay que respetarla.
Pocas leyes se respetan tanto como las sin papeles.
Contaban que lo más penoso era la caza de nutrias. Entraban por la tranquera que estaba en el camino de Villa Elisa a Punta Lara, ya en el Parque Pereyra con el carrito con todo lo necesario. Se pasaban varios días nutriando; cuereaban y salaban los cueros y los estaqueaban allí mismo. Eran grandes pajonales donde había muchas nutrias. En pleno invierno era muy sacrificado, contaban que con las varas del carro y unas lonas, improvisaban una carpa para hacer noche. Cómo me hubiera gustado hacer esa vida; pero claro, en ese tiempo yo tenía diecinueve años.


lunes, 9 de noviembre de 2015

La colmena

Compartimos con Ustedes otro relato de Don Claudio Buffevant titulado "La colmena", publicado en su libro "El Berazategui que viví II", editado por la Asociación Orígenes de Berazategui.

La colmena

En el Berazategui del cuarenta había muchos quinteros y floristas, por eso no podía faltar quien criara abejas. Este era Enrique Rosello. Tenía los colmenares donde hoy está el Complejo Deportivo de la Asociación Deportiva Berazategui. Cuando se vendieron estas tierras, se fue con los colmenares al edificio de Obras Sanitarias, donde el casero era Mariano Cruz.

Al pasar por allí camino al río, siempre iba a visitarlo. Un día me dijo si lo acompañaba a buscar enjambres en los montes de Podestá, en la costa de Plátanos. Había muchos, porque en primavera, cuando nacía una nueva reina, se iba y formaba una nueva colmena.


Y así fue, que un día con un cajón especial que él mismo había construido, nos fuimos en tren hasta la estación Hudson. Caminamos hasta los montes de la costa, nos internamos buscando árboles viejos con huecos. Encontramos muchos que eran madrigueras de comadrejas, en otros había nidos de golondrinas de monte, que es mucho más chica que la pueblerina y muy mansita. Pasan volando a gran velocidad rozándolo a uno. Por fin en un hueco encontramos lo que estábamos buscando. Un enjambre que daba miedo ver. ¡La cantidad de abejas que tenía! Pero como Rosello me había explicado, en esas circunstancias no pican. Con un pincel para no lastimarlas las puso en un cajón y así lo trajimos.

                       Ahora ya tenía otra colmena. 

sábado, 10 de octubre de 2015

La vaca enterrada

Compartimos con Ustedes otro relato de Don Claudio Buffevant, titulado "La vaca enterrada", publicado en el libro "El Berazategui que viví II", editado por la Asociación Orígenes de Berazategui.

La vaca enterrada

Era pleno verano y estábamos de vacaciones. Raúl Rosello, Rodolfo Pérez, Claudino Santanchini, Lito Borselli, el Negro Ezquieta y yo. Decidimos ir a acampar unos días al río. Salimos rumbo al Arroyo de las Nutrias con unas lonas que usábamos para transportar las cosas, y si llovía, nos servían de protección. Poco antes de llegar al arroyo, los ladridos de unos perros, nos llamaron la atención, nos arrimamos para ver de dónde venían. 
Encontramos una vaca enterrada en el barro blanco, justo donde terminaba la rompiente, cuando el río crecía. El pobre animal estaba enterrado hasta el cogote. Quisimos sacarla pero fue imposible. El peligro era que si el río crecía, seguramente la taparía.


Fuimos a pedir ayuda a los pescadores, pero tanto Rolando como Altieri estaban tirando las redes. Nos quedaba como recurso ir hasta el tambo de Cruz. Allí encontramos a Vidal que tenía una yegua muy buena y fuerte, a la cual llamaba Elsa.
El hombre tomó un lazo y nos acompañó. Se lo colocamos alrededor del cuello y la yegua comenzó a tirar. La vaca no se movía y el riesgo era descogotarla. Con una pala nos pusimos a cavar. Logramos ubicar el lazo en el cuarto delantero y así pudimos sacarla. Cuando salía, parecía que la tierra la estaba pariendo. El animal pudiera ser de cualquiera, porque era todo campo abierto y no tenía marca.

Seguimos muy contentos hasta el lugar elegido para acampar. Estaba ubicado donde más tarde construiría el rancho Fermín Molina. Tenía una caballada y una red para pescar. Estábamos bien allí, porque del otro lado del arroyo, se encontraba la quinta de Contamusa, que tenía frutales y viña, Eso nos permitía aprovisionarnos de alimentos al bajar el río.

Esa misma tarde vimos que se nos acercaba un hombre de a caballo. Era Don Robustiano Acuña, delegado municipal. La vaca resultó ser de él, nos venía a agradecer y a darnos unos pesos.
Por unos días no necesitábamos vivir de la caza y de la pesca.