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miércoles, 30 de diciembre de 2015
domingo, 13 de diciembre de 2015
Los camalotes
Compartimos con Ustedes otro relato de Don Claudio Buffevant, titulado "Los camalotes", y publicado en "El Berazategui que viví I", editado por la Asociación Orígenes de Berazategui.
Los camalotes
Cuando crece mucho el río Paraná, entran en el Río de la Plata, grandes cantidades de camalotes, llegan casi hasta la Bahía de Sanborombón. Un día en la década del 30, el río parecía un bañado por la gran cantidad de camalotes; los había grandes y chicos, pero todos unidos.
En uno vino un lagarto como de un metro y medio de largo. Lo cazaron los pescadores y lo llevaron a la pesquería de Rolando. Lo pusieron en un tacho que se usaba para cocinar pescados, y allí estuvo en exhibición mucho tiempo. En otro camalote vino un monito, todo eso era gracioso, pero lo peligroso eran las víboras yarará, que también venían. Un día mi tío arreaba las vacas en el bañado entre la paja brava, y el caballo pisó una, casi lo pica. Las víboras generalmente son mansas, si no son molestadas no pican. En la costa y en el bañado de Berazategui, rara vez se ve alguna, únicamente por esas circunstancias, cuando bajan del Paraná.
Una vez quedó varado en la costa un camalote como de dos hectáreas, parecía un pedazo de isla que se había desprendido. A los caballos no los podían hacer arrimar, se asustaban, no por lo que veían, sino por el olor que despedían los animales y reptiles que habían estado sobre él. Los caballos sienten el mismo temor cuando pasan frente a un circo con animales salvajes.
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Ubicación:
Berazategui, Buenos Aires, Argentina
sábado, 21 de noviembre de 2015
Los nutrieros
Compartimos con Ustedes otro relato de Don Claudio Buffevant titulado "Los nutrieros", publicado en su libro "El Berazategui que viví I", editado por la Asociación Orígenes de Berazategui.
Los nutrieros
Las vacaciones, del 41, fui a pasarlas a la costa de Pereyra, donde mi tío era encargado de la pesquera. Allí conocí a los hermanos Gamarra. Mayores que yo unos cuantos años, eran "yuyeros" y "bicheros". Venían de Villa Elisa.
Mi tío les había dado permiso para "nutriar". Los doce meses del año vivían de lo que le daba la costa y el bañado. En los meses de pleno invierno eran nutrieros, cuando vale más el cuero. Los demás meses del año los repartían en juntar yuyos en la orilla del arroyo El Marinero, donde había mucha cola de caballo, zarzaparrilla, lucera, anacaguita, sarandí blanco y otros. En tiempo de las ranas, se convertían en "raneros" y también cazaban burritos del bañado, que es un pájaro muy bonito que vive en la paja brava; también eran muy baqueanos para cazar pichones de tero, y los vendían a las pajarerías. Además cazaban sapos para vender a los farmacéuticos. Los empleaban para hacer la reacción de embarazo de las señoras de esa época.
Cuando soplaba viento norte, recorrían la costa desde Boca cerrada a Hudson, buscando madera, porque con ese viento salía mucha. Allí me enseñaron la ley de los costeros: cuando hay madera parada o puesta en cruz ya tiene dueño y hay que respetarla.
Pocas leyes se respetan tanto como las sin papeles.
Contaban que lo más penoso era la caza de nutrias. Entraban por la tranquera que estaba en el camino de Villa Elisa a Punta Lara, ya en el Parque Pereyra con el carrito con todo lo necesario. Se pasaban varios días nutriando; cuereaban y salaban los cueros y los estaqueaban allí mismo. Eran grandes pajonales donde había muchas nutrias. En pleno invierno era muy sacrificado, contaban que con las varas del carro y unas lonas, improvisaban una carpa para hacer noche. Cómo me hubiera gustado hacer esa vida; pero claro, en ese tiempo yo tenía diecinueve años.
lunes, 9 de noviembre de 2015
La colmena
Compartimos con Ustedes otro relato de Don Claudio Buffevant titulado "La colmena", publicado en su libro "El Berazategui que viví II", editado por la Asociación Orígenes de Berazategui.
La colmena
En el Berazategui del cuarenta había muchos quinteros y floristas, por eso no podía faltar quien criara abejas. Este era Enrique Rosello. Tenía los colmenares donde hoy está el Complejo Deportivo de la Asociación Deportiva Berazategui. Cuando se vendieron estas tierras, se fue con los colmenares al edificio de Obras Sanitarias, donde el casero era Mariano Cruz.
Al pasar por allí camino al río, siempre iba a visitarlo. Un día me dijo si lo acompañaba a buscar enjambres en los montes de Podestá, en la costa de Plátanos. Había muchos, porque en primavera, cuando nacía una nueva reina, se iba y formaba una nueva colmena.
Y así fue, que un día con un cajón especial que él mismo había construido, nos fuimos en tren hasta la estación Hudson. Caminamos hasta los montes de la costa, nos internamos buscando árboles viejos con huecos. Encontramos muchos que eran madrigueras de comadrejas, en otros había nidos de golondrinas de monte, que es mucho más chica que la pueblerina y muy mansita. Pasan volando a gran velocidad rozándolo a uno. Por fin en un hueco encontramos lo que estábamos buscando. Un enjambre que daba miedo ver. ¡La cantidad de abejas que tenía! Pero como Rosello me había explicado, en esas circunstancias no pican. Con un pincel para no lastimarlas las puso en un cajón y así lo trajimos.
Ahora ya tenía otra colmena.
jueves, 29 de octubre de 2015
sábado, 10 de octubre de 2015
La vaca enterrada
Compartimos con Ustedes otro relato de Don Claudio Buffevant, titulado "La vaca enterrada", publicado en el libro "El Berazategui que viví II", editado por la Asociación Orígenes de Berazategui.
La vaca enterrada
Era pleno verano y estábamos de vacaciones. Raúl Rosello, Rodolfo Pérez, Claudino Santanchini, Lito Borselli, el Negro Ezquieta y yo. Decidimos ir a acampar unos días al río. Salimos rumbo al Arroyo de las Nutrias con unas lonas que usábamos para transportar las cosas, y si llovía, nos servían de protección. Poco antes de llegar al arroyo, los ladridos de unos perros, nos llamaron la atención, nos arrimamos para ver de dónde venían.
Encontramos una vaca enterrada en el barro blanco, justo donde terminaba la rompiente, cuando el río crecía. El pobre animal estaba enterrado hasta el cogote. Quisimos sacarla pero fue imposible. El peligro era que si el río crecía, seguramente la taparía.
Fuimos a pedir ayuda a los pescadores, pero tanto Rolando como Altieri estaban tirando las redes. Nos quedaba como recurso ir hasta el tambo de Cruz. Allí encontramos a Vidal que tenía una yegua muy buena y fuerte, a la cual llamaba Elsa.
El hombre tomó un lazo y nos acompañó. Se lo colocamos alrededor del cuello y la yegua comenzó a tirar. La vaca no se movía y el riesgo era descogotarla. Con una pala nos pusimos a cavar. Logramos ubicar el lazo en el cuarto delantero y así pudimos sacarla. Cuando salía, parecía que la tierra la estaba pariendo. El animal pudiera ser de cualquiera, porque era todo campo abierto y no tenía marca.
Seguimos muy contentos hasta el lugar elegido para acampar. Estaba ubicado donde más tarde construiría el rancho Fermín Molina. Tenía una caballada y una red para pescar. Estábamos bien allí, porque del otro lado del arroyo, se encontraba la quinta de Contamusa, que tenía frutales y viña, Eso nos permitía aprovisionarnos de alimentos al bajar el río.
Esa misma tarde vimos que se nos acercaba un hombre de a caballo. Era Don Robustiano Acuña, delegado municipal. La vaca resultó ser de él, nos venía a agradecer y a darnos unos pesos.
Por unos días no necesitábamos vivir de la caza y de la pesca.
martes, 29 de septiembre de 2015
Mi paso por Rigolleau
Compartimos otro relato de Don Claudio Buffevant, titulado "Mi paso por Rigolleau", y publicado en el libro "El Berazategui que viví II" editado por la Asociación Orígenes de Berazategui
Mi paso por Rigolleau
Mi paso por Rigolleau me dejó alegrías y tristezas. Entré en el año 1940 en la Sección Vidrio Blanco. Llevaba el "archa" a dos oficiales, uno era Amoribello y el otro Urlanga. Uno, con la caña sacaba vidrio del horno y lo ponía en el molde, y el otro lo prensaba. En términos vidrieros eran un sacador y un prensista.
Mi trabajo era el de llevar el "archa" que consistía en llevar lo prensado, que podían ser vasos, potes o cualquier otro producto al archa, que era un horno, poniendo el producto en una cinta de tejido de alambre que conducía hasta el otro extremo. Con ese procedimiento quedaba la pieza templada y no reventaba.
Era penoso hacer ese trabajo, les pagaban por piezas, el archa estaba a unos veinte metros de los oficiales y agravado porque trabajaban a destajo. Terminaba las ocho horas escaldado por lo caminado y por el calor. Lo mío no era nada, lo sentía por los menores que hacían el mismo trabajo.
Hay un testimonio de esos años en una foto sacada en la misma sección, que se muestra en el Museo Histórico y Natural de Berazategui, donde se aprecia a los chicos con pantalones cortos.
En ese tiempo no había sindicalismo; por eso el abuso. Pero cuando lo tuvimos, les voy a contar lo que pasaba. Era más o menos entre el cuarenta y el cincuenta, después de pasar por "Vidrio Blanco", entré al taller de producción. En ese tiempo Rigolleau contrató a un maestro francés para que los hijos del personal aprendieran mecánica en forma gratuita, al maestro lo llamaban "Caballo de Bolsa" por lo alto y encorvado. En esos años habían cambiado tantas cosas que si un capataz miraba de reojo a un delegado podía haber un paro, lo notable era que a esos paros también se adherían los aprendices.
En los años que trabajé en el taller, lo que más me conmovió, fue que una mañana Don Jorge Batuello, un italiano de Alta Italia, que era jefe nuestro, vino con el diario y trajo la noticia de que el "polaco", la noche anterior, se había matado con la moto en el río de Quilmes. Era un hombre muy querible. Tanto era así, que un amigo calabrés se golpeaba la cabeza en la pared. Allí afloró la idiosincracia de los que trabajábamos con el polaco. Como era herrero hacía tijeras para cortar vidrio, para cercos, cuando los amigos se lo pedían.
Un viejo alemán le encargó una, cuando se enteró que se había matado lo primero que dijo fue: "Atogante", no terminó "tijega".
Nosotros los muchachos argentinos, conociendo la vida que hacía, como la noche del accidente que venía de un boliche que tenía un paisano, con la tristeza que nos dio su muerte, nos quedó como conformidad decir: ¡quién le quita lo bailado!
Estos son los detalles de mi vida en Rigolleau.
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